lunes, 10 de marzo de 2014

SIEMPRE LO MISMO

Porque lo que nos pasa es siempre lo mismo. No nos conocemos, no sabemos quiénes somos, y no tenemos (no queremos tener) un proyecto común.

En parte es cierto que vivimos una época decadente. Decaemos, porque nuestro viejísimo proyecto histórico, nuestra programación como sistema social nacional, no es que haya entrado en crisis. Es que es ya un cadáver insepulto.

No tenemos la fuerza colectiva suficiente para enfrentar de un modo digno las cosas que nos pasan. Por eso, cuando alguien (no está claro quién) decide en 2004 que hay que darnos un escarmiento, para que enderecemos nuestra política exterior y prosigamos nuestro rumbo hacia la disolución nacional, reaccionamos dando muestras de confusión, desacierto, mezquindad y, sobre todo, desunión. Somos un país que no es capaz de ponerse de acuerdo sobre la forma apropiada de afrontar juntos los avatares de nuestro destino. Desde fuera de nuestras fronteras esto se ve con claridad, y los diferentes intereses que se benefician de nuestro marasmo actúan en consecuencia, sin vacilaciones y de modo expeditivo. Una muestra la tuvimos el 11 de marzo de 2004. Pero ha habido otras, antes y después.

Nuestro proyecto económico (la economía de servicios, al servicio de las naciones ricas de Europa) nos hace dependientes de cosas tales como la estabilidad de los países de Oriente Medio, o de que las contracciones del ciclo económico impliquen (como en los últimos años) una drástica reducción de las visitas a nuestro país.

Nuestro proyecto de sociedad es incongruente con nuestro proyecto económico. Económicamente, somos un país de albañiles, técnicos de mantenimiento, camareros, prostitutas y traficantes de droga. Socialmente, queremos ser un país lleno de licenciados, que no tienen dónde emplear los conocimientos (supuestamente) adquiridos en nuestras renqueantes Universidades. Además, somos un país sin niños. Ello nos dirige hacia una sociedad envejecida, temerosa, defensiva, dependiente y poco innovadora.

Habiendo sido uno de los grandes imperios coloniales del mundo, España ha vuelto la espalda de una forma que sólo nuestros complejos nacionales pueden explicar a nuestras naciones hermanas. Es obvio que éstos ya no son tiempos de resucitar el colonialismo en ninguna de sus formas. Sin embargo, sólo nos interesa la América hispana como mercado. Las vicisitudes de los pueblos de Cuba o Venezuela nos traen al fresco. Colombia es un país cuya sola mención despierta recelos entre nuestros compatriotas. Otros países, como Paraguay o Ecuador, creo que ni siquiera sabríamos situarlos en un mapa. No obstante, mostramos una simpatía incomprensible por ciertas formas de tiranía populista pintoresca que se dan en el subcontinente. Algunos de nosotros incluso parecen dispuestos a importarlas a nuestro país. Aunque, de momento, parece más fácil apoyarlas en la distancia que sufrirlas en casa.

Políticamente somos una rareza. Una monarquía constitucional restaurada en plenos años 70 del siglo pasado, una democracia parlamentaria en un país que nunca ha entendido bien qué es el debate político, un reparto territorial del poder político que ni es centralista ni es federal... se diría que España es un proyecto histórico que no ha afrontado con acierto los desafíos de la política posterior al Absolutismo. Hay unas cuantas guerras civiles que dan fe de lo que digo. Desde la expulsión de los franceses hasta 1939, este extraño país formado al calor de la guerra contra el infiel, aunado por el matrimonio de dos reyezuelos en el siglo XV, fusionado por el gigantesco proyecto de la colonización de América, desangrado en la misma consumación de su proyecto nacional, mira desde entonces sus pedazos y no encuentra cómo volver a hacer de ellos un nuevo cuerpo fuerte.

Europa, que hubo quien dijo sería la solución a nuestros problemas como nación, se ha convertido, al calor de su obvio debilitamiento histórico tras las dos guerras mundiales, más en un mal necesario que en un bien positivo. Somos irremediablemente europeos, lo que significa que nuestro destino histórico está inexorablemente ligado al de las demás naciones de Europa. Pero seguimos mirando hacia el Norte en busca de soluciones a nuestros problemas, cuando es más que evidente que desde ahí no nos ha venido otra cosa que más problemas para nuestras soluciones. En los años ochenta decidimos desindustrializar España para encajarla en el proyecto económico europeo. Hoy pagamos caras las consecuencias de dicha decisión. Decidimos, igualmente, desnuclearizar la energía eléctríca para poder mostrar a nuestros colegas europeos que somos un país civilizado, no como las salvajes naciones soviética y yanqui. El resultado es que sufrimos una terrible dependencia energética, agudizada por desastrosas decisiones de dirigientes gaznápiros de emplear dinero público en fuentes de energía manifiestamente no rentables. Europa ha sido la causa, y no la solución, de tragedias como la de Yugoslavia. En Europa se tiene una estimación (¡aún!) por el terrorismo etarra que debería ponernos los pelos de punta (pero, sorprendentemente, no lo hace). Ahora mismo Europa está desempeñando un papel demencial en Ucrania, alimentando vanamente las esperanzas de un país que inexorablemente acabará cayendo de nuevo en la esfera de influencia rusa, jugando a hacernos los "dignos" mientras algunos (los que más fuerte parecen apostar) dependen crucialmente del gas ruso. Es pronto para decir que Europa es un proyecto fallido, pero sí que puede afirmarse que no es un entorno que actualmente nos ayude a nosotros, los que vivimos al sur de los Pirineos, a orientarnos políticamente.

Se dice constantemente, creo que con razón, que nuestra democracia ha devenido en partitocracia. Se dice también, y también con razón, que no somos una sociedad fuerte. Estamos demasiado intervenidos por la política en su acepción de lucha por el poder. Todas las instituciones sociales relevantes - todas - miran hacia el poder político como fuente de orientación. No existe un contrapeso social de la lucha partidaria. Y la lucha partidaria ha dejado de serlo para erigirse en un constante chalaneo apenas disimulado. No hablemos de la corrupción, preocupante no tanto por su intensidad y extensión como porque parece incontrolable.

Los males que nos asolan son, en efecto, muchos. El principal y peor, en mi opinión, el fatalismo con el que los españoles los encaramos.

sábado, 1 de octubre de 2011

Ideas e ideales I (significados: palabras, ideas, cosas)

Pensar y hablar son uno y el mismo acto. Si nos fijamos bien, notaremos cómo, cuando pensamos es como si nos habláramos a nosotros mismos. Hasta tal punto funciona la concomitancia entre pensar y hablar. Cuando "pensamos en algo" es porque "hablamos de algo", aunque sólo sea ante nosotros mismos. Por eso es tan importante trazar correctamente el paralelismo entre pensamiento y locución.

Cuando hablamos (de algo, siempre hablamos "de algo", incluso cuando hablamos "por hablar") sustituimos el gesto de mostrar algo con la proferencia de ciertos sonidos, que tienen la virtud (ahora no importa considerar cuánto de convencional y cuánto de natural hay en dicha virtud) de resultar significativos, es decir, conforme a lo dicho en el post anterior: la virtud de suscitar en nuestra mente una determinada imagen perceptual o un determinado concepto o una palabra determinada que evoca el concepto o la imagen. El significado de las palabras, eso son las ideas o los conceptos.

Pero entonces este concepto, el de la palabra "significado", es un concepto complejísimo, porque expresa una relación: entre las palabras y las cosas, entre las palabras y las percepciones de las cosas, o entre las palabras y otras palabras que se relacionan con percepciones de las cosas. Así pues, el concepto "significado" y su gemela filosófica, la "idea", aluden a una relación con, por lo menos, cuatro términos: palabras, otras palabras, percepciones y cosas. Y estos son a su vez palabras que tienen significados, de manera que el significado del término "significado" es verdaderamente enloquecedor.

Corremos el peligro de encenagarnos en una concepción "lingüisticista" de la realidad, en una "ontologización" del lenguaje, en un imperialismo de lo verbal y de lo conceptual. Eso es lo que les sucedió a los filósofos idealistas alemanes del siglo XIX, y sospecho vagamente que es un peligro presente para las actuales corrientes filosóficas que surgen a partir del "linguistic turn", pero sobre todo a partir del pensamiento de Heidegger, de la hermenéutica filosófica. Los hermenéutas confunden texto con mundo. ¿Es esto admisible?

domingo, 11 de septiembre de 2011

LOS TOPICOS TRANQUILIZADORES, Y LA DESAGRADABLE VERDAD I

Ante todo, es necesario que seamos sinceros con nosotros mismos. Nadie nos va a decir las verdades desagradables que necesitamos oir desesperadamente. No hemos llegado a nuestra actual situación por culpa de nadie que no seamos nosotros mismos. Nos hemos autoengañado durante décadas. Voy a hacer una relación -tentativa- de nuestros principales autoengaños:

  1. El pueblo, unido, jamás será vencido. Lo siento mucho, señores, pero los pueblos pueden ser vencidos, y de hecho lo son constantemente. Pueblos débiles, debilitados por su negativa a afrontar las verdades desagradables; pueblos hedonistas, más deseosos de disfrutar de los efímeros placeres de la vida que de trabajar por asegurar el presente y el futuro. Esas son las víctimas predilectas de aquéllos que escrutan el horizonte con ojos depredadores, buscando nuevas presas.
  2. Hablando se entiende la gente. Discúlpenme todos, hablando se entienden los que se quieren entender. Fundamentalmente se entienden los que quieren entender con quienes quieren hacerse entender. Los demás, no. Para los demás, la tentativa del diálogo es a) o bien cháchara intrascendente, de la que no hay que hacer caso, o bien b) información valiosísima sobre las carencias, las debilidades, los deseos o necesidades de aquéllos de quienes se quieren aprovechar. Cuando se quiere algo de veras, hay que estar dispuesto a pelear por ello. El que se crea que basta con expresar ingenuamente un deseos para que éste sea atendido sin más, el que crea que tiene derecho a que le den lo que desea, quiere o necesita, tiene vocación de víctima.
  3. La culpa es de los políticos/banqueros/mercados. Ojalá fuera tan fácil. Encarcelemos a todos los políticos, inhabilitemos a los banqueros, suprimamos los mercados. ¿Qué nos queda? La triste verdad, que nos negamos tozudamente a escuchar, es que somos parte del problema. Cuando nos iba bien en el sistema, nadie decía ni pío. Todo cuanto uno oía era que era un soberano imbécil si no se aprovechaba de él. Ahora que padecemos los defectos del sistema del que antes nos beneficábamos, protestamos. Ahora bien, nuestra protesta (absurda forma de pretender que una máquina ciega deje de funcionar) hace gala de una preocupante doblez: políticos, banqueros y mercados son el coco, sin duda. Ahora bien, al coco le exigimos que respete nuestros derechos sociales. En el fondo de nuestras turbias mentes, sabemos que formamos parte del sistema que ahora nos machaca. Nuestras débiles protestas (porque son débiles, no les quepa duda, no tienen nada que ver con las revoluciones del siglo XIX) no pierden nunca de vista el hecho de que necesitamos a los políticos, los banqueros y los mercados para que en el futuro sigan financiando nuestra vida muelle, lujosa y absolutamente frívola. ¿En qué momento pensamos en trabajar? En ninguno. Tan sólo pensamos en que nos den trabajo, lo cual ha de ser traducido de la siguiente manera: que nos paguen por ocupar un puesto de trabajo. Claro que la mayoría de nosotros quiere trabajar, de verdad. Pero no somos conscientes de que el trabajo no es un bien que se reparte, sino una actividad cuyo sujeto protagonista es el trabajador. Quien quiere trabajar, puede hacerlo. A lo mejor tiene que atreverse, arriesgarse a hacerlo aunque no cobre por ello. Si tan sólo empezara por cambiar de actitud, aumentaría sus probabilidades de obtener en el futuro una retribución por sus esfuerzos. Ahora bien, es difícil que cale esta forma de pensar entre quienes leyeron con delectación un libro que decía algo así como "si no haces más que ver facturas en tu buzón, comienza a pensar que pronto recibirás cheques en lugar de facturas. Ya verás como pronto tu pensamiento se vuelve realidad".

Continuará

domingo, 9 de mayo de 2010

Ideas e ideales I (pensar y hablar)

Supongo que, como tantas otras veces, los griegos (los clásicos; los actuales ni pinchan ni cortan) fueron los culpables. Tenían esa pulsión mística que les hacía preferir el mundo soñado sobre el real. Y eso que también se esforzaron en atender a la realidad para conseguir aprehenderla. En todo caso, ellos empezaron a hablar de "ideas". Y las ideas, y sus herederos, los ideales, son el tema de este post.

¿Qué rayos es una idea? Se podría contestar a esta pregunta tan característicamente filosófica diciendo que una idea es lo que tenemos cuando pensamos. Ante lo cual, el filósofo incordiante tiene la obligación de preguntar: "¿qué es pensar?" a lo cual podría responderse que pensar es tener una idea sobre algo.

A este paso no llegaremos a ninguna parte. Intentemos salir del bucle. ¿Qué hacemos cuando pensamos o tenemos "ideas" sobre "algo"? Ahora vamos un poco mejor. Lo primero que hacemos es dividir la realidad toda (lo que "es") en dos mundos: lo que "existe" fuera de nosotros, ese "algo" sobre lo cual pensamos, y las "ideas", que son lo que "existe" dentro de nosotros mismos. ¿Por qué operamos esta división, casi siempre de modo inconsciente? Porque, como humanos que somos, vivimos bajo la presión opuesta de dos fuerzas, una que nos opone al mundo circundante, otra que nos conecta con él. Y, cuando enfocamos el mundo como nuestro opuesto, aún así queremos mantener la conexión con nosotros, de igual modo que, cuando nos identificamos con el mundo circundante, aún así queremos mantener nuestra distinción-oposición a él.

Somos parte del mundo, y por eso mismo no somos el mundo. Estamos dentro y fuera del mundo. Necesitamos expresar esa posición existencial nuestra. Pero esta es otra cuestión. Necesitamos "expresar". Sería más exacto decir, no que necesitamos expresarla, sino simplemente que expresamos. Y ¿qué es expresar?

Expresar es hablar. Expresar es convertir en acto humano la continuidad entre el hombre y su mundo. ¿Cómo lo hacemos? Hablando. Y ¿qué es hablar? Básicamente, hablar es proferir ciertos sonidos. Pero no se trata de sonidos cualesquiera, sino de sonidos con "significado". Y ¿qué es el "significado"? "Significado" no es más que la consciencia de que un sonido emitido por uno de nuestros congéneres evoca en nuestra mente una percepción concreta, o una elaboración mental concreta, o bien otro sonido con significado.

Sé que no lo estoy poniendo fácil. Pero es que no es fácil. Se trata de una cuestión sumamente compleja o, mejor dicho, de una cuestión sencilla pero extremadamente difícil de dilucidar, precisamente en razón de su sencillez y de su proximidad a nosotros mismos. Porque en el expresar, en el hablar, en el tener ideas y producir ideales, se cifra gran parte de lo que los hombres somos.

sábado, 4 de julio de 2009

DIAGNOSTICO Y PRONOSTICO




No comparto todas las declaraciones del presidente Aznar en esta entrevista. Pero sí la mayoría de ellas. No es el guardián de las últimas verdades de este país, pero sí alguien a quien merece la pena escuchar atentamente.

Por eso me decido a enlazar en mi blog con la sección de Libertad Digital en Youtube. Con ello, no voy a aumentar de ningún modo significativo la audiencia de esta entrevista, que de todos modos ha sido alta entre el público políticamente concienciado. Así pues, mi gesto se puede interpretar correctamente como aprobatorio de los contenidos esenciales de esta entrevista.

jueves, 26 de marzo de 2009

EL CIELO Y LA TIERRA

"(FILO):

- Me preguntaba Escipión qué opinaba yo sobre el hecho de que se hayan visto dos soles.

(LELIO):

- ¿Lo dices de verdad, Filo? ¿Ya hemos examinado lo que atañe a nuestras propias casas y a la república, puesto que nos dedicamos a investigar lo que ocurre en el cielo?"

(Marco Tulio CICERON, La República, Libro I, XIII, 19)

Pues eso.

miércoles, 25 de marzo de 2009

¿POR QUE HAY QUE DEDICARSE A LA POLITICA?

Concluida la lectura de la Etica Nicomáquea de Aristóteles, me he ido a La República y Las Leyes de Marco Tulio Cicerón. ¿Por qué? Pues porque estoy convencido de que los antiguos tienen respuestas válidas para preguntas actuales. Zanganeo por las páginas de esta obra clásica entre los filósofos del Derecho, en busca de pasajes reveladores. El primero que asalta mi atención es el que dedica a recomendar la dedicación activa de los mejores a la política.

Comienza retomando la tesis aristotélica sobre la virtud, de la cual recalca el carácter esencial de su ejercicio sobre su conocimiento teórico. De hecho, dice, "la virtud radica por completo en el ejercicio de sí misma. Y el ejercicio más importante de la virtud consiste en el gobierno de la ciudad y en conseguir la perfección real, no teórica" (La República (en adelante, LR), Libro I, II, 2).

Cicerón lleva las cosas al extremo de proclamar la superior excelencia del buen gobernante, especialmente en relación con los sabios o estudiosos:

... el ciudadano que consigue, por medio del poder y de las penas impuestas por ley, que todos realicen aquello para lo que los filósofos apenas si son capaces de convencer a unos pocos con su palabra, ése ha de ser considerado superior incluso a los propios maestros que investigan ese tema (LR Libro I, II, 3).

Por eso, el Arpinate reclama que "mantengamos con firmeza el camino que siempre fue de los mejores y no prestemos oídos a esas señales que tocan a retirada, e intentan hacer volver atrás incluso a los que ya están en primera línea (idem). Repasa los argumentos contrarios a su tesis, entre ellos el de los peligros y males a que se exponen quienes se dedican a tareas de gobierno, y también el argumento de que, dado que sólo personas indignas y corruptas buscan el poder, no es propio de hombres virtuosos hacer lo mismo. A éste último, Cicerón replica lo siguiente:

Como si para los hombres de bien, los valerosos y los dotados de coraje hubiera alguna causa más justa para dedicarse a las tareas del Estado que el no tener que obedecer a los malvados, ni soportar que la república sea destrozada por aquéllos; pues, ellos por sí mismos no serían capaces de prestarle auxilio aunque lo desearan (LR Libro I, V, 9)

Por otro lado, "no hay posibilidad... de servir a la república de manera espontánea o cuando a uno le viene en gana, aunque se vea amenazada por los peligros, si no se está en una posición tal que te permita hacerlo" (LR, Libro I, VI, 10). Por eso, "aunque fuera cierto que el sabio no suele descender por su propia voluntad a los asuntos públicos, de no verse obligado por las circunstancias, pues en ese caso no rehusaría su deber, no obstante, yo seguiría pensando que en modo alguno la ciencia política ha de ser descuidada por el sabio, sobre todo, porque tendrá que tener todos aquellos recursos que ignora, por si algún día tuviera que utilizarlos" (LR, Libro I, VI, 11).

En la vida política española, tan afectada por el cinismo ambiente de un sistema político que apenas si se ha cubierto las vergüenzas asumiendo los ropajes exteriores de una democracia, pero que no es más que una oligarquía apenas disimulada, de urbanizadores, banqueros y una nomenklatura formada por aprendices de intrigante, vicemaquiavelos, rasputines de todo a cien, y grandes "patrones" agrupados en esas pirámides de poder político que son los partidos; en la vida política de este país echado a perder desde que prefirió un dictador a hacer frente a sus crisis internas, desde que la última de una larga serie de guerras civiles que se prolongó durante un siglo acabó de descomponer un espíritu nacional que, dicen algunos, vio la luz en 1812, aunque yo creo que empezó a morir en esa fecha; en la vida política española, en fin, tal y como se la ve desde cualquier rincón de nuestra geografía, desde cualquier posición en la escala social, desde cualquier atalaya, el consejo de Cicerón, de no abandonar la política en manos de los peores, de los viles, de los malvados, de los excesivamente ambiciosos, de quienes no miran por el bien común sino por el poder propio, resulta al mismo tiempo oportuno y molesto, irritante y acertado.

Pero, decidme, ¿quién se atreve a dar el primer paso?