domingo, 11 de septiembre de 2011

LOS TOPICOS TRANQUILIZADORES, Y LA DESAGRADABLE VERDAD I

Ante todo, es necesario que seamos sinceros con nosotros mismos. Nadie nos va a decir las verdades desagradables que necesitamos oir desesperadamente. No hemos llegado a nuestra actual situación por culpa de nadie que no seamos nosotros mismos. Nos hemos autoengañado durante décadas. Voy a hacer una relación -tentativa- de nuestros principales autoengaños:

  1. El pueblo, unido, jamás será vencido. Lo siento mucho, señores, pero los pueblos pueden ser vencidos, y de hecho lo son constantemente. Pueblos débiles, debilitados por su negativa a afrontar las verdades desagradables; pueblos hedonistas, más deseosos de disfrutar de los efímeros placeres de la vida que de trabajar por asegurar el presente y el futuro. Esas son las víctimas predilectas de aquéllos que escrutan el horizonte con ojos depredadores, buscando nuevas presas.
  2. Hablando se entiende la gente. Discúlpenme todos, hablando se entienden los que se quieren entender. Fundamentalmente se entienden los que quieren entender con quienes quieren hacerse entender. Los demás, no. Para los demás, la tentativa del diálogo es a) o bien cháchara intrascendente, de la que no hay que hacer caso, o bien b) información valiosísima sobre las carencias, las debilidades, los deseos o necesidades de aquéllos de quienes se quieren aprovechar. Cuando se quiere algo de veras, hay que estar dispuesto a pelear por ello. El que se crea que basta con expresar ingenuamente un deseos para que éste sea atendido sin más, el que crea que tiene derecho a que le den lo que desea, quiere o necesita, tiene vocación de víctima.
  3. La culpa es de los políticos/banqueros/mercados. Ojalá fuera tan fácil. Encarcelemos a todos los políticos, inhabilitemos a los banqueros, suprimamos los mercados. ¿Qué nos queda? La triste verdad, que nos negamos tozudamente a escuchar, es que somos parte del problema. Cuando nos iba bien en el sistema, nadie decía ni pío. Todo cuanto uno oía era que era un soberano imbécil si no se aprovechaba de él. Ahora que padecemos los defectos del sistema del que antes nos beneficábamos, protestamos. Ahora bien, nuestra protesta (absurda forma de pretender que una máquina ciega deje de funcionar) hace gala de una preocupante doblez: políticos, banqueros y mercados son el coco, sin duda. Ahora bien, al coco le exigimos que respete nuestros derechos sociales. En el fondo de nuestras turbias mentes, sabemos que formamos parte del sistema que ahora nos machaca. Nuestras débiles protestas (porque son débiles, no les quepa duda, no tienen nada que ver con las revoluciones del siglo XIX) no pierden nunca de vista el hecho de que necesitamos a los políticos, los banqueros y los mercados para que en el futuro sigan financiando nuestra vida muelle, lujosa y absolutamente frívola. ¿En qué momento pensamos en trabajar? En ninguno. Tan sólo pensamos en que nos den trabajo, lo cual ha de ser traducido de la siguiente manera: que nos paguen por ocupar un puesto de trabajo. Claro que la mayoría de nosotros quiere trabajar, de verdad. Pero no somos conscientes de que el trabajo no es un bien que se reparte, sino una actividad cuyo sujeto protagonista es el trabajador. Quien quiere trabajar, puede hacerlo. A lo mejor tiene que atreverse, arriesgarse a hacerlo aunque no cobre por ello. Si tan sólo empezara por cambiar de actitud, aumentaría sus probabilidades de obtener en el futuro una retribución por sus esfuerzos. Ahora bien, es difícil que cale esta forma de pensar entre quienes leyeron con delectación un libro que decía algo así como "si no haces más que ver facturas en tu buzón, comienza a pensar que pronto recibirás cheques en lugar de facturas. Ya verás como pronto tu pensamiento se vuelve realidad".

Continuará